Te confieso nuestro eterno silencio y tú me llevas hasta casa. Has decidido aprovecharte de él. Hace frio y tiemblo, me prestas tu chaqueta. Te empeñas en recordar viejos tiempos y entre risas y bromas me echas cosas en cara, yo te entiendo y eso te desconcierta. Te doy la razón, los dos contentos. Tú piensas que estoy arrepentida, yo sé que me da lo mismo. Aminoras el paso, son las cuatro de la mañana y estamos a un metro de la puerta de mi casa. Sonries y en tus ojos se adivina el brillo del ron. Te acercas a mi boca, sigues sonriendo de manera impecable, seguro de tus actos, seguro de un pasado con significado ambiguo. Y yo bajo la cabeza y te miro. ''Él''. Ignorante y sincero a partes iguales -como siempre- me dices que te alegras de que haya cambiado al menos en ese aspecto. Y yo te lo agradezco, ¿qué puedo hacer?. Y por dentro mi mente viaja a kilómetros de aquí y deseo que te cambies por él, deseo que sean sus labios los que me busquen, sus ojos los que reflejen el ron, su piel a centímetros de mis dedos, su fuego, su oleaje, su lejanía, su libertad, su mentira.
Descubriendo que la gente no cambia, pero los gustos sí.
domingo, 18 de julio de 2010
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