Imaginémos una cuerda. En cada uno de sus extremos surgen dos fuerzas de la nada, dos fuerzas tan poderosas como desconocidas que tiran de ella en sentidos contrarios. Dichas fuerzas no obedecen reglas, son constantes, invencibles.
La cuerda, en un principio se mantiene recta, tensa, cada vez más y más tensa, pero aguanta, es una cuerda resistente, acostumbrada a las situaciones extremas, acostumbrada a conservar la entereza.
Pero lentamente los finos hilos que componen la robusta cuerta comienzan a ser vencidos, se van rompiendo uno a uno , los extremos se van separando, se dan cuenta horrorizados de su derrota, ven alejarse su otra mitad, van sintiéndose humillados, ultrajados, incompletos.
El final es inevitable, predecible y doloroso. Las fuerzas son insaciables, no conocen la piedad, ignoran la misericordia.
Tan sólo un hilo resiste el ataque, los demás miembros cercernados le observan, se aferran a él, depositan su esperanza en su fuerza, en su valor, en su coraje . Finalmente la presión incombustible de las fuerzas, desgarra el hilo en dos.
La cuerda deja de existir como tal, tanto esfuerzo, tanto sudor, tanto trabajo para un final que todos conocíamos de antemano.
Tantos intentos, tantas llamadas, tantas opciones, tanta sinceridad, para un final que los dos conocíamos de antemano. Mi vida, ¿por qué no usaste una tijera?.
viernes, 2 de abril de 2010
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